La tierra es un ente vivo, tiene su alma, y sin patria, sin un fuerte lazo con la propia tierra, el hombre no puede encontrarse a sí mismo, a su alma.
Martirós Sarian

El precio de la independencia

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En el siglo XX, el pueblo armenio tuvo dos oportunidades para obtener un Estado independiente. Ambas ocasiones se ofrecieron casi bajo las mismas condiciones políticas, o similares. La independencia de 1918 fue el resultado del colapso de los imperios ruso y otomano. De hecho, al final de la Primera Guerra Mundial, se había creado un vacío político en el Cáucaso, que el movimiento kemalista Milli, por un lado, y el creciente imperio soviético, por el otro, habían intentado llenar. En estas condiciones de competencia política, las tres naciones caucásicas formaron una confederación, la Seim Caucásica, que no duró mucho, ya que sus integrantes Armenia, Georgia y Azerbaiyán, mantuvieron muchos conflictos políticos. Con el colapso del Seim, Armenia fue la última de las tres naciones en declarar su independencia. Aunque esta independencia fue una consecuencia de los acontecimientos políticos internacionales, a su vez podría convertirse en una víctima del creciente movimiento kemalista si con un último suspiro el pueblo armenio no derrotaba a las fuerzas de Karabekir en Sardardabad.

 

Sin embargo, esa independencia duró apenas dos años y medio, hasta que intervino el Ejército Rojo y Armenia se unió al imperio soviético, con limitada soberanía, aunque con garantías de seguridad.

Y la independencia de septiembre de 1991 fue posible gracias a la disolución del imperio soviético. Esta vez fueron los armenios quienes aprovecharon las condiciones políticas favorables creadas, y liberaron Artsaj.

Los turcos no sólo exterminaron a dos tercios de los armenios occidentales en su histórica tierra natal, sino que también quebraron la voluntad del pueblo armenio de crear un Estado soberano, a fin de justificar frente a la historia que la nación armenia es incapaz de autogobernarse.

 

La corta vida de la primera República también extendió una sombra de miedo sobre la segunda República independiente. Luego de los primeros dos años y medio de dificultades, que el pueblo armenio atravesó conteniendo el aliento, la independencia se convirtió en una forma de vida. Hoy, la República de Armenia tiene 28 años y está consagrada a su autoconstrucción, en un pesado ambiente de guerra, asedio y provocaciones.

 

Cuando hoy se consiguió la tan soñada independencia, ¿qué hace la armenidad para protegerla y fortalecerla? Como consecuencia de la concreción de ese sueño, lo más lógico sería que estas masas nostalgiosas masas se mudaran a Armenia para multiplicar su población, fortalecer su ejército y mejorar su economía. Sin embargo, está teniendo lugar el proceso opuesto y la expatriación ha alcanzado terribles proporciones comparaciones, recayendo la responsabilidad de soportar la carga de la historia sobre los hombros de la población cada vez menor de Armenia. No hay armenio que no sea patriota; el patriotismo es propiedad de todos, pero quienes pagan el precio de este patriotismo son los armenios aferrados a su tierra histórica, los que en la frontera pagan con su sangre el legado de esa patria a un futuro asegurado.

 

Durante el período soviético la población de Armenia se multiplicó y alcanzó casi 4,5 millones de habitantes, a diferencia de los 300.000 jóvenes sacrificados durante la Segunda Guerra Mundial. ¿Qué mensaje estamos dando colectivamente? ¿Acaso nuestra gente debería tener la imposición de una superpotencia para aferrarse a su tierra? El militante tashnagtsagán E.Agnuní dijo: "El armenio busca refugio en todas partes, excepto en ese lugar llamado Armenia".

 

Somos un pueblo muy entuasiasta, pero rápidamente desilusionable. En 28 años de independencia sólo fue legal la primera elección presidencial que llevó al poder a Levón Ter-Petrosyan. Las elecciones de Robert Kocharyan y Serzh Sargsyan tuvieron lugar bajo condiciones de ilegalidad, sobornos y violencia, siempre ensombreciendo la legitimidad de los elegidos. Y la elección de Nikol Pashinyan llegó apenas a las urnas cuando la elección ya había tenido lugar en la calle.

 

 Ahora que el Gobierno adueñado del poder mediante la revolución de terciopelo promete poner fin a la corrupción y fortalecer la estructura democrática del país, algunos ya han comenzado a sentirse impacientes y con espíritu de crítica, como si construir un país y establecer el orden popular fueran proyectos fácilmente implementables. El Gobierno recién establecido necesita tiempo para cumplir sus promesas.

 

Las nuevas autoridades miran gradualmente a los países occidentales para modelar las reglas democráticas, pero el tema no se acaba mirando, especialmente si eso no significa oponerse a Rusia. Para algunos, adherirse a Occidente se ha convertido en sinónimo de oposición a Rusia.

 

Y mirar hacia Occidente no es suficiente para establecer regímenes democráticos, porque luego de mirar uno tiene que ver cómo se forman esos regímenes democráticos y cómo funcionan. En efecto, el orden popular se basa en estructuras políticas cuyos pilares son partidos con sus ideologías y principios teóricos. En Armenia no se conformaron partidos políticos, y si tomaron forma o nombres, estaban muy lejos de los principios políticos y las ideologías. Sobre todo, se convirtieron en aduladores de poderosas personalidades o de sus bolsillos, que se derrumbaron al primer golpe. Con sus extravagancias, el poder soviético ha generado tal nivel de repugnancia en las masas respecto de los partidos políticos, que estas no podrán distinguir el partido Comunista de la Unión Soviética de las organizaciones políticas de Occidente, que son sólidos pilares de la democracia.

 

La vida política de Armenia no ha sido capaz de aceptar y metabolizar los partidos tradicionales de la Diáspora, que, por defectuosos que puedan ser, tienen al menos un siglo de experiencia política.

 

El panorama es el mismo en la Diáspora, particularmente en las comunidades donde se han multiplicado los inmigrantes llegados de Armenia. Con pocas excepciones, los emigrados de Armenia no se acercan a los partidos tradicionales, ni tampoco intentan formar un partido con sus puntos de vista y consagrarse a la política. Y de esta forma, la masa sigue siendo una multitud sin una estructura política.

El aniversario de la independencia es a menudo un año regular para los pueblos de muchas naciones. La gente la recuerda, se divierte y sigue; pero para nuestro pueblo es un momento de desazón, primero considerando cuál es el precio pagado por esa independencia, y luego, una razón para temer que podamos perder nuestra independencia nuevamente -¿no es que hemos padecido históricamente más su pérdida que su reestablecimiento?-.

 

Este año, el Gobierno armenio ha decidido convertir Gyumrí en el centro de la celebración; luego, convertirla en una tradición y conmemorarla cada año en una provincia diferente.

Yereván se ha convertido en una capital europea, a expensas de otras regiones. Esta iniciativa digna de felicitación es un paso adelante para revitalizar también otras zonas.

 

Tras las celebraciones del 21 de septiembre, el primer ministro Pashinyan se dirigirá a Los Ángeles para un encuentro público; de alguna manera, enlazará el entusiasmo de la celebración de Armenia con la Diáspora.

Es cierto que para el pueblo armenio el aniversario de la independencia es una gran ocasión para meditar, pero también una oportunidad para mirar al futuro esperando días mejores.

 

La independencia se convertirá en una ocasión para una celebración real y plena el día que reine la paz en las fronteras de nuestra patria, se levanten los bloqueos y el miedo a la incertidumbre creada por ellos, y nuestro pueblo, inspirando aires de libertad, se consagre a la labor de reconstruir la patria.

 

Ese día la independencia de Armenia será completa.

 

Editorial de BAIKAR

Semanario del RAG

 

22 de septiembre de 2019

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