"En el momento en que dejas de aprender, mueres". Reportaje del Financial Times a Armen Sarkissian

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El presidente de Armenia y -graduado en Ciencias Exactas, Física-, habló de Byron, Kim Kardashian, y la nueva "política cuántica"

 

Almorzar con el presidente de Armenia y con el Financial Times es tan diplomáticamente delicado como gastronómicamente sensacional. Fiel a las tradiciones de lujosa hospitalidad en su pequeño país del Cáucaso, Armen Sarkissian se niega a aceptar que cualquier visitante pueda invitarlo a almorzar en su ciudad natal, Yereván. Pero cuando le hablo de las rígidas reglas del FT, él sugiere un generoso compromiso: deberíamos tener un segundo almuerzo dos días más tarde. Entonces, accede a que FT cubra el reportaje. Así se rompe el precedente, pero se honra la dignidad.

 

El primero de nuestros dos almuerzos que rompen el hielo y el cerebro se lleva a cabo en Ankyun, un restaurante fusión italiano-armenio en el centro de Yereván, un peculiar híbrido urbano de arquitectura soviética con losas y un grandioso estilo caucásico. Cuando llega Sarkissian, precedido por un grupo de guardaespaldas con camperas de cuero y auriculares, pronto nos adentramos en una discusión sobre la "revolución de terciopelo" del año pasado y el enfrentamiento entre el entonces primer ministro, Serzh Sargsyan, y la masiva oposición en la calle. “Fue muy, muy, muy tenso. No hubo un diálogo entre quienes estaban en la calle y el gobierno, y nos dirigíamos hacia una confrontación", dice.

 

El instinto de Sarkissian, que sus asesores consideraban "desquiciado", era simplemente caminar entre la multitud de manifestantes reunidos en la plaza de la República que querían reunirse con el líder opositor Nikol Pashinyan y escuchar lo que tenía que decir. "Tuve la sensación de que era la manera correcta de hacer las cosas", dice.

 

Pero nuestra conversación abarca rápidamente una amplia gama de temas, desde la física teórica, Margaret Thatcher, Lord Byron y Kim Kardashian hasta la teoría de la "política cuántica" de Sarkissian, todo salpicado de una buena dosis de cultura caucásica, cocina e intrigas.

Sarkissian, después de todo, ha vivido muchas vidas durante sus 65 años. "La vida siempre te está preparando para algo; nunca sabes qué", dice Sarkissian, cuyo amplio rostro puede pasar de una mirada de censura a una sonrisa cómplice tan rápido como las nubes cruzan el horizonte de Yereván hacia el Monte Ararat.

 

Decidido a presumir las maravillas de la cocina local, Sarkissian prescinde del menú y ordena una amplia muestra de las ofertas del restaurante. Comenzamos compartiendo tres ensaladas, remolacha y queso, brócoli y un estragón empapado en aceite de oliva, lleno de frescura y sabor. Esto es seguido rápidamente por un tagliatelle con limón y piñones que es deliciosamente excitante. Tengo ganas de probar un poco de vino local, dado que Armenia es reconocida como una de las regiones vinícolas más antiguas del mundo, como señala Heródoto. De modo que probamos un blanco seco Kur Voskehat, que en su rico color y sabor a resina se asemeja -al menos según mi limitado paladar-, a un vin jaune del Jura.

 

Durante nuestra conversación, Sarkissian frecuentemente se remonta al rico y problemático pasado de Armenia, pero tiene sus ojos fijos en el futuro. Le pregunto sobre el reciente discurso en el que dijo que si el siglo XX fuera el siglo de los recursos naturales, entonces el siglo XXI sería el de los recursos humanos. Explica que estamos viviendo un período de extraordinario cambio tecnológico, que describe como una era de rápida evolución, o "r-evolución", como la ha denominado. La capacidad de aprender y adaptarse es lo que diferenciará a los ganadores de los perdedores en este siglo.

 

Esta explosión de conocimiento es, en parte, un juego de números. En la época de Isaac Newton, tal vez había 1000 personas en el mundo estudiando mecánica avanzada. En la época de Albert Einstein, había unos 10.000 científicos en todo el mundo investigando la física cuántica. Pero hoy, estima, hay cientos de millones de personas involucradas en la investigación científica y el desarrollo tecnológico, no sólo en las famosas universidades y empresas multinacionales, sino en miles de start-ups innovadoras.

“Si puedes encontrar a Newton entre 1000 y a Einstein entre 10.000, imagina cuántas personas con talento puedes encontrar en cientos de millones. Este nuevo mundo es un mundo de innovación y de start-ups".

 

Sarkissian está dispuesto a aprovechar las oportunidades de esta nueva revolución, y sostiene que el poder de la innovación no sólo se aplica a la ciencia, la tecnología y los negocios, sino también a la forma en que los países se promueven a sí mismos. Los gobiernos deben volverse mucho más ágiles y los sistemas educativos deben volver a imaginarse. "Armenia es una de las nuevas start-ups del siglo XXI", dice.

 

La primera de las vidas de Sarkissian fue como físico teórico durante el colapso de la Unión Soviética en 1991, ganando el prestigioso premio Lenin y la rara oportunidad de continuar investigando en la Universidad de Cambridge junto a Stephen Hawking, entre otros en 1984.

 

Tras el colapso de la Unión Soviética en 1991, se le pidió a Sarkissian que se convirtiera en el primer embajador independiente de Armenia en Londres, un cargo que ocupó también en dos ocasiones posteriores, -un récord, según cree, en la corte de St. James. En buena medida, también abrió embajadas y misiones en Bélgica, los Países Bajos, Luxemburgo, la UE, la OTAN y el Vaticano. “Soñé que podía hacer ciencia y diplomacia. Pero ser un físico investigador es como ser un pianista de concierto. A menos que practiques todos los días, se pierde. Eso se convierte en un pasatiempo”, dice con pesar.

 

Su tercera vida comenzó en 1996, cuando se convirtió en primer ministro de Armenia, un trabajo exigente que fue interrumpido al año siguiente cuando le diagnosticaron cáncer. En su recuperación, regresó a Londres para seguir una lucrativa carrera como asesor de negocios de algunas de las multinacionales más grandes del mundo, intercaladas con otros hechizos embajadoriles.

Pero en 2018 fue nuevamente atraído a la política armenia tras ser elegido por el Parlamento para servir como presidente. Casi de inmediato, debió atravesar una fuerte crisis política. Sargsyan, que había sido presidente durante los últimos 10 años, había tratado de retener el poder reescribiendo la constitución y asumiendo el nuevo papel reforzado de primer ministro. Pero esto había provocado protestas masivas y temores de que el país pudiera caer en una violenta confrontación.

 

Poniendo en práctica sus extensas habilidades diplomáticas, Sarkissian se movió entre las dos partes y consultó a representantes de Rusia, Estados Unidos y la Unión Europea para negociar un acuerdo. Instó a todos los partidos a unirse en la víspera del aniversario del Genocidio Armenio de 1915, que se conmemora cada año el 24 de Abril. Pronto se produjo la dramática renuncia de Sargsyan, allanando el camino para nuevas elecciones. Afortunadamente, Armenia evitó el conflicto que desdibujó las llamadas revoluciones de color en otras ex repúblicas soviéticas. Por la moderación demostrada, Sarkissian fue colmado elogios, incluido el del presidente ruso Vladimir Putin. "Creo que todos se comportaron correctamente", dijo.

 

Sarkissian ahora está disfrutando de la alborada, actuando como una figura paterna para un gobierno joven y de mentalidad reformista dirigido por el ex líder opositor Pashinyan. La esperanza finalmente ha estallado en un país más bien familiarizado con la tragedia.

Se da cuenta de que está sonando de fondo una canción de Charles Aznavour, aquél último gran cantante franco-armenio. Sarkissian recuerda que cuando era embajador en la UE, invitaba a Aznavour a Bruselas dos veces al año, garantizando que casi toda la Comisión Europea hiciera fila para venir a cenar.

 

Mientras plegamos las finas rebanadas de panceta y pepperoni de la pizza y nos la comemos, Sarkissian me cuenta sobre algunos de los líderes que ha conocido y ha admirado, como Shimon Peres de Israel y Margaret Thatcher, de Gran Bretaña.

Recuerda particularmente un viaje que Thatcher hizo a Armenia en 1990 tras el devastador terremoto de 1988, en el que murieron unas 45.000 personas. Thatcher había volado desde Moscú, donde había mantenido importantes conversaciones con el entonces líder soviético Mijail Gorbachov. Lo que sorprendió a Sarkissian fue su "disciplina y agudeza mental", así como su memoria para los detalles. Quedó muy impresionado por su capacidad para escuchar y aprender, habilidades humanas que Sarkissian pondera en un lugar destacado. "Aquellas personas que saben escuchar también son personas que aprenden", dice. “En el momento en que dejas de aprender, mueres. La edad no es el número de años que has estado viviendo. La edad es la condición de tu alma”.

 

Estando en Armenia, Thatcher abrió una escuela en Gyumrí, reconstruida con ayuda británica y renombrada en honor a Lord Byron, que descubro que es algo así como un héroe nacional en Armenia. Sarkissian explica que en 1816, Byron pasó varios meses viviendo con la orden Mekhitarista de la Iglesia Católica Armenia en Venecia, donde aprendió el idioma y escribió sobre la lucha de Armenia por la liberación de las pashás turcos y los sátrapas persas. Hasta el día de hoy, los monjes armenios viven en el mismo monasterio en la hermosa Isla San Lázaro, sirviendo comida exquisita y sumergiéndose en una biblioteca de manuscritos antiguos. "Me encantaría vivir allí, es una vida fantástica", señala Sarkissian, con un poco de nostalgia.

 

Ciertamente no me quejo de nuestro propio enclave de la cocina armenia italiana. Se han llevado rápidamente nuestros platos para pizza y llega el plato principal: un bife para el presidente y salmón para mí. Posteriormente, el propietario insiste en que probemos un delicioso pastel de avellana amarga con nuestro café. "Si comieras así todos los días, pesarías 200 kilogramos", bromea el presidente.

Dos días después, nos encontramos de nuevo en Dolmama, un bloque de apartamentos convertido en un restaurante armenio dirigido por Jirair Avanian, un antiguo comerciante de arte de Nueva York y uno de los amigos más antiguos de Sarkissian. Ambos estudiaron juntos en la escuela 114 en la época soviética. "Siempre fue el niño más brillante de la escuela", me dice el cortés Avanian. Con muebles de madera oscura, manteles de color rojo oscuro y flores en cada mesa, Dolmama tiene el aire de un comedor familiar.

 

Cuando llega Sarkissian, vestido con un traje gris a rayas y un sweater negro con cuello en V, dice que está luchando contra un resfriado y pide un poco de vodka con sabor a cereza y una Coca-Cola. Pedimos una tentadora variedad de entradas frías y ensaladas, porciones de trucha y queso, rollos de berenjena rellenos de nueces e hinojo, y ensalada de hígado de pollo, así como el dolmá típico del restaurante, hojas de parra rellenas de cordero y ternera. Todos están preparados y presentados a la perfección.

 

Dolmama

(En drams armenios)

Tjvjik (hígado vacuno frito) - 6.000

Truchas Ishkhan curadas - 4.500

Rollos de berenjenas - 3.500

Dolmá - 3.500

Trucha negra - 18.000

Bife de cerdo – 12.500

Agua - 4.000

Vino blanco – 4.000

Vodka de cereza y bebida cola - 2.800

Café – 5.000

Total, incluidos servicios – 70.180 (£ 115)

 

Retomando rápidamente nuestra conversación anterior, Sarkissian ofrece una animosa explicación de por qué los países pequeños como Armenia, Israel, Singapur e Irlanda, a menudo víctimas de poderes más grandes en siglos anteriores, están bien posicionados para prosperar en nuestros tiempos a causa de su adaptabilidad.

 

A lo largo de su propia historia de 3000 años, Armenia ha estado en la encrucijada de diferentes civilizaciones, culturas e ideologías, europeas y asiáticas, cristianas y musulmanas, comunistas y capitalistas. Durante los últimos siglos, esto ha provocado varias erupciones de violencia entre el estado cristiano más antiguo del mundo y sus vecinos islámicos, más recientemente Turquía y Azerbaiyán. Armenia sigue encerrada en un conflicto congelado con Azerbaiyán por el disputado territorio de Nagorno-Karabagh. "Somos sobrevivientes", dice Sarkissian.

 

Esa tumultuosa historia hizo que millones de armenios huyeran al extranjero. Aunque la población de Armenia es de sólo 3 millones, se estima que hay 8 millones de armenios en la Diáspora repartidos por todo el mundo: "Armenia es un país pequeño, pero una nación global", dice Sarkissian.

 

Esa red global de comprometidos armenios, incluida la estrella de reality televisivo, Kim Kardashian, con sus 141 millones de seguidores en Instagram, será un activo importante en el mundo interconectado de hoy, argumenta. Sarkissian está decidido a profundizar la participación de la Diáspora en su patria histórica. "Tienen que creer que son parte de una familia más grande", dice. "Tenemos que convertirnos en un centro de nuevas ideas y tecnologías, y hacer negocios en muchos lugares".

 

Sarkissian mete su servilleta en la parte superior de su sweater, cuando llega un bife de cerdo gigante. He ordenado una trucha del lago Seván de Armenia, un lugar de belleza legendaria y buen pescado. La enorme y delicada trucha es más carnosa que cualquier otra que haya probado; se desprende del hueso al menor esfuerzo.

 

Por el cuanto, me estoy refiriendo a la partícula individual.

La persona individual se vuelve poderosa porque

tiene una herramienta de conectividad en la web mundial.

 

Uno de los aspectos de nuestro mundo moderno que más intriga a Sarkissian es cómo la última revolución tecnológica está cambiando la dinámica de la política. Es uno de los pocos jefes de estado que es además científico, y argumenta que así como pasamos de un mundo de la mecánica clásica a la mecánica cuántica, ahora nos estamos moviendo de un mundo de la política clásica a la política cuántica. En el mundo político clásico, lo que importa son las formas organizadas de conectividad: tribus, naciones, religiones, ideologías, partidos, instituciones políticas. El cambio tiende a ser lento y relativamente predecible. Pero el mundo político cuántico se mueve en formas más rápidas, impredecibles y aparentemente aleatorias: cada individuo conectado puede producir un efecto al expresar su opinión en las redes sociales.

 

“Por un cuanto, me refiero a la partícula individual. La persona individual se vuelve poderosa porque tiene una herramienta de conectividad en la web mundial", dice. “Podría usarse el principio de incertidumbre de Heisenberg para describir eventos que están sucediendo en la vida social".

 

Sarkissian dice que muchos aspectos de nuestro mundo contemporáneo exhiben un comportamiento cuántico: la propagación de pandemias o el impacto de los actos terroristas. También vio sus efectos de primera mano durante la suave revolución de Armenia, cuando las instituciones clásicas de Gobierno y Parlamento se vieron abrumadas por la movilización de masas en el mundo virtual. El poder se filtraba por las calles.

¿Pero no ocurrió algo similar en la era anterior a internet, en octubre de 1917 durante la Revolución Rusa? Sí, concede Sarkissian. Tales eventos solían suceder una vez cada 80 años; hoy en día pueden pasar todos los años. Cita el ejemplo de Emmanuel Macron, quien demostró ser un maestro de la política cuántica al ganar la presidencia francesa en 2017 por medios no convencionales, pero ahora es su víctima, ya que los gilletes jaunes se han movilizado online y han salido a las calles.

 

A pesar de las incertidumbres creadas por este nuevo mundo, Sarkissian está entusiasmado por sus posibilidades. Sugiere que estamos viviendo un nuevo renacimiento a medida de que los límites de la investigación se disuelven, por ejemplo, entre la física y la biología, entre el ADN y el procesamiento de datos. "Me encantaría volver en 50 años para ver lo que ha sucedido", dice.

Los asuntos de estado son apremiantes, pero tengo tiempo para preguntarle cuál de sus varias vidas ha disfrutado más. Típicamente, él da una respuesta que es tanto matemática como diplomática. "Cada uno de ellos. Todos eran míos. Cuando vivía el número de vida N°, no estaba pensando en el número de vida N° 1", dice. "Estaba tratando de vivir una vida plena cuando la estaba viviendo".

 

John Thornhill es editor de innovación del Financial Times de Londres

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