Al darme cuenta de que soy armenio y llegué desde Bitlis, empecé a escribir. William Saroyan

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-“Cuando por primera vez sentí la necesidad de escribir, quise saber de dónde venía, quién era y qué era lo que quería decir. Ya desde entonces, me di cuenta de que no podía escribir antes de saber quién era. Y al entender que soy armenio, que vengo de Bitlis y soy el hijo de Armenak y Takuhi Saroyan, empecé a escribir”.

 

Reacio a ser repetitivo de sí mismo, contó reiteradamente el viaje que realizó a Bitlis, la ciudad natal de sus padres, Armenak y Taguhi Saroyan.

 

-“Cuando llegué a Estambul, los escritores turcos me preguntaron a dónde me gustaría ir. Les dije que únicamente a Bitlis. Me dijeron que era difícil, que no permitían a los extraños ir para esa zona, pero harían algo para que pueda ir. Algo hicieron, y fui... La ciudad estaba en ruinas; solamente la fortaleza estaba en pie. Había un kurdo de más de ochenta años que se acordó de mi padre y lo reconoció... Fue él quien me mostró el lugar donde estaba nuestra casa. Estaba en ruinas, pero había un hogar... Junto a mí había personas; kurdos, turcos, les dije que se fueran, que quería estar solo...”

Y permaneció en soledad entre las ruinas de su casa paterna. ¿Cómo saber cuánto se quedó, en qué pensó, qué sintió...?

La casa paterna destruida. La conciencia, la bondad, el bien virtuoso realizado y vivido dentro de las paredes de esa casa durante siglos, atravesando mares y océanos, arribaron a América con el padre del escritor, Armenak Saroyan.

 

 

-"Mi padre era poeta", decía William Saroyan. "No me acuerdo de él. Yo era un niño de cuatro años cuando murió. Cuando crecí y contemplé su foto, vi que era poeta. Mi madre me dio algunos escritos suyos. No podía leer las letras armenias; miré durante mucho, mucho tiempo esas letras; él era un poeta. Mi madre me contaba que un día en casa no había harina, arroz, ni aceite. Había 66 centavos. Mi padre tomó esas monedas, y salió a traer un poco de harina, otro poco de arroz y de aceite. Se fue, se hizo de noche, volvió a casa; no trajo harina, ni arroz ni aceite.

- ¿Qué hiciste con el dinero?, le preguntó mi madre.

- Vi a un hombre, dijo. Me extendió su mano abierta y se los di a él.

- Eeh, le hubieras dado seis centavos, o diez centavos, o dieciséis centavos, ¿por qué le diste todo?

- ¿Qué sé yo?... Le di todo...

- No se preocupen, dijo mi madre, encontraré algo de harina, algo de arroz, algo de aceite en la casa”.

 

¿No era la conciencia, la amabilidad y la virtud que habían vivido en aquella casa en ruinas de Bitlis durante siglos, lo que había emigrado y cobijado bajo ese techo estadounidense, convirtiendo a Saroyan en su genuino heredero?

 

En algún lugar, Saroyan escribió: “Es agradable ver a una persona generosa que tiene algo que compartir. Pero cuando una persona generosa no tiene nada para repartir, probablemente sea la persona más desafortunada del mundo”. El hecho de poner sesenta y seis centavos en aquella mano extendida, Armenak Saroyan, parece haberlo hecho sentir feliz, muy feliz ese día... Y a su vez, cuando niño, al escuchar esa historia de su madre, William puede haberse sentido feliz, muy feliz...

 

Aquí, bajo ese techo armenio, en esta atmósfera de virtud armenia patriarcal se formó Saroyan; allí están los orígenes de su filosofía. En The Human Comedy, una de las mejores obras de Saroyan, que es en gran parte autobiográfica, la madre da este tipo de consejos a su pequeño hijo: “Recuerda, siempre tienes que compartir todo lo que tengas con los demás. Tendrás que hacerlo incluso, cuando derrocharlo sea una insensatez. Dar a todos los que encuentres en la vida. En ese caso, nadie podrá robarte porque si te das tu mismo al ladrón, él no te robará y dejará de serlo. Y cuanto más des, más te quedará".

 

Esa hermosa historia de los 66 centavos, es una filosofía de vida que proviene de la sabiduría oriental, la cual atravesó a Saroyan persona.

 

-“Cuando llegué a cumplir 42 años, ya había ganado más de 4 millones, pero no tenía dinero. Mi madre solía decir que William junta cuchara a cuchara y prodiga por cucharones. Pero no piense que todo ese dinero lo malgasté inútilmente. Aunque no me gusta hablar de eso, voy a decir que he dado mucho para buenas obras”.

 

El escritor Saroyan está atravesado por esa filosofía.

En verdad, ¿acaso esa historia de los 66 centavos no podría ser una de las escenas de la obra ‘Mi corazón está en las montañas’?...

 

VAHAGN DAVTYAN, en "El gigante bueno"

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