No son sólo los libros bien escritos son los que permanecen, sino especialmente aquellos que hablan al corazón de la gente
Yervant Odian

La increíble hazaña de Shavarsh Karapetyan, un armenio de paso por Buenos Aires

es
la-increible-hazana-de-shavarsh-karapetyan--un-armenio-de-paso-por-buenos-aires

Así nacen los héroes

Los destinos de Shavarsh Karapetyan ya nunca serían los mismos desde esa extraña mañana en que se convirtió en héroe. Ahora, de paso por Buenos Aires como invitado especial de las XII Olimpíadas de la Liga de Jóvenes de la Unión General Armenia de Beneficencia, sus hombros poderosos parecen cargar el peso de ese día que lo sentenció a la gloria y a la posterioridad, cuando fue proclamado “Héroe Nacional de la República Socialista Soviética de Armenia”, y mereció reconocimientos varios de la Unión Soviética y del mundo (la Unesco le otorgó una de sus distinciones más preciadas por actos de valor deportivo) y hasta se publicaron dos libros sobre su vida.

Karapetyan, con los mismos brazos que le confirieron la hazaña, hace un gesto que intenta espantar los homenajes y las famas. “-Cualquiera que hubiera estado ahí habría hecho lo mismo. Fue simplemente la casualidad”-, dice mirando el tráfico que dibuja la avenida Callao. La gente no lo entendió así, y los armenios (un pueblo acostumbrado a trágicos destinos) lo convirtieron en un paladín.

Karapetyan (36 años, casado, dos hijas, economista y actualmente jefe de un centro de computación para niños en Yerevan) rescata con dolor, y probablemente por milésima vez, la plenitud de esa mañana de otoño de 1976.

La hazaña

La cosa fue así: Karapetyan tenía 23 años y ese día se entrenaba con un hermano y otros deportistas (había corrido ya casi 20 kilómetros) en las orillas del lago Seván, a una hora de la capital armenia. A lo lejos, vieron cómo un micro repleto de pasajeros comenzaba a zigzaguear, atropellaba las defensas del lago y caía a las aguas. A escasos cien metros de distancia, Karapetyan y su hermano corrieron al lugar. A partir de ese momento, segundo a segundo, comenzó a gestarse un salvataje casi milagroso.

El deportista, campeón nacional de natación sub-acuática, se sumergió varias veces hasta los 11 metros de profundidad, donde se encontraba el micro, y empezó a rescatar a las víctimas. La primera vez rompió el vidrio trasero del vehículo y varias personas buscaron el aire. Para Karapetyan fue un interminable viaje de ida y vuelta de más de 15 minutos, durante los cuales rescató a 26 personas. 20 segundos para sumergirse y 20 segundos para sacarlos hasta la superficie. Allí, su hermano, también nadador profesional, acercaba a las personas a varios botes con remeros que habían estado entrenando en el lago. Luego: a la orilla, donde la mayoría pudo ser reanimada. Casi 50 personas se salvaron, y 26 le deben sus vidas a este hombre que ahora intenta explicar científicamente un hecho signado por el coraje.

“Algunos especialistas sostienen que un hombre puede sobrevivir aun después de haber permanecido debajo del agua cerca de 15 minutos. Es una cuestión matemática. Debo haber demorado aproximadamente 40 segundos para rescatar a cada persona. Muchas salieron por sus propio medios y decenas murieron atrapadas dentro del vehículo”, cuenta ahora con la misma serenidad que debió tener para salvar a tanta gente.

El azar

También ahora Karapetyan reconoce que el mismo azar que precipitó la tragedia, ordenó las cosas de tal modo que la muerte no pudo apoderarse de toda esa mañana: los botes que estaban cerca del accidente, un hospital cercano y la presencia providencial de su grupo -todos deportistas que se preparaban para una competencia internacional-.

No lo dice, pero ese azar lo puso en escena especialmente a él. A los 23 años, Karapetyan tenía el record nacional de permanencia bajo el agua, con 5,45 minutos, y era uno de los mejores deportistas de la URSS en natación de velocidad sub-acuática (con tubos de aspiración y patas de rana), lo que le permitió un año después, en 1977, obtener un nuevo récord mundial de velocidad (el de 400 metros) en un torneo en Alemania Occidental.

Pero en realidad, a partir de ese día en que se convirtió en héroe, ya nada fue igual: tres o cuatro años después Karapetyan tuvo que dejar su carrera deportiva.

“Ese hecho me cambió la vida. Después del rescate tuve una fuerte pulmonía de la que pude recuperarme. El esfuerzo que hice fue demasiado. Con el paso del tiempo me acalambraba fácilmente, sentía fuertes dolores en el estómago hasta que tuve que dejar todo. Aún hoy soy alérgico a cualquier tipo de agua contaminada”.

Después reconocerá que cuando un deportista se ve obligado a dejar lo que ama, se siente menos que un hombre. También dirá que él, poco a poco recuperó esa dignidad, debido a su condición de armenio. “Los armenios tenemos un largo aprendizaje sobre como vencer a la adversidad”, dirá. “Mi pueblo lo está superando ahora, después de sufrir el trágico terremoto de diciembre que intentó poner de rodillas a los armenios. Ni el genocidio de 1915 a manos de los turcos pudo lograrlo”, enfatiza Karapetyan.

El heroísmo

¿Cómo definir a un héroe? La tarea puede resultar tan improbable como juzgar las sensaciones encontradas de este hombre que se hizo famosísimo más allá de sus pequeñas fronteras, y se vio obligado a contar mil y una vez los detalles de su gesta. Esa gente arruinó su carrera, pero quizás le reveló el verdadero sentido de su vida.

No siento de ninguna manera esa condición heroica”, dice apoyando una inmensa mano sobre la mesa. “Cada hombre tiene un destino que cumplir. En todo caso, me preocupa más el destino de mi pueblo, que está viviendo una especie de renacimiento a pesar del terremoto, a pesar de los trágicos sucesos de Karabagh en los últimos años. Sí hay cosas más importantes, como darle una solución a los legítimos reclamos que se plantean hoy en mi país respecto de esos territorios, o como comprobar que los armenios, aquí mismo, en la diáspora, son solidarios y fieles a su patria de adopción, pero también a sus orígenes”.

Invitado de honor para los juegos deportivos que se realizan por estos días en Buenos Aires (cerca de 500 deportistas de origen armenio provenientes de numerosos países), Karapetyan siente al deporte como parte de un pasado que le fue negado. Con unos cuantos kilos de más y el amague de una sonrisa, confiesa que esa pérdida fue dolorosa, aunque sirvió para algo que su raza ha defendido con obstinación: “la exaltación de la vida”.

Quizás no lo sabe, pero está aquí (como en los innumerables países que visitó en su condición de héroe) “como un símbolo”.

Fuente: Juan Bedoian, Diario Clarín, Buenos Aires, Argentina, 20 de agosto de 1989

 

Noticias