Nuestros queridos Jachkares

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Armenia ha estado desde siempre en el cruce de civilizaciones, entre el Este y Oeste y entre el Norte y Sur. En consecuencia, además de perdurar a través de todo tipo de guerras y conflictos, el pueblo armenio ha interactuado con las culturas de los pueblos amigos y enemigos, siendo influenciado por muchos e influyendo sobre otros, a su vez.  Como resultado, muchos elementos de sus culturas se entremezclan, se enriquecen, cambian con el dominio de unos u otros, a través del tiempo.

Sin embargo, algunos aspectos de la cultura son la genuina expresión del pueblo. El Jachkar, por ejemplo, es una auténtica forma de arte armenio. Compuesta de las palabras armenias ‘cruz’y ‘piedra’ -su traducción en español-, los jachkares fusionan dos pilares de la identidad armenia: la herencia cristiana y el delicado trabajo artesanal: eran tallado en trozos de roca, y a veces, en las mismas montañas.

En el siglo IX d.C., el arte del jachkar tuvo un notorio desarrollo, mientras que sus más delicados y sublimes trabajos se crearon en siglo XIII, deviniendo menos popular a fines del 1700. El siglo XX lo trajo de regreso, con formas más renovadas, especialmente luego de la independencia de Armenia. La UNESCO, por su parte, incorporó los jachkar en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural de la Humanidad en 2010.

De los varios diseños existentes, el elemento del “Árbol de la Vida” es el que prevalece entre los jachkar de hoy en día, con tallados en trabajo de enlaces. Las cruces con alas son también muy frecuentes: son cruces armenias con sus puntas dominantes sobre dos alas desplegadas como llamas sobre una forma circular (roseta). Además de los diseños geométricos, en los jachkar se graban símbolos tales como uvas y granadas, plantas y animales y, en raras ocasiones, personas.

Se encarga la realización de un jachkar para conmemorar una fecha, un aniversario, o a la memoria de una persona. Muchas otras veces cumplen funciones de lápidas. A menudo los monumentos y memoriales están hechos en forma de jachkar, ya sea un monumento al Genocidio Armenio o cualquier otro tributo solemne.  El tono religioso hace de ellos bellos y místicos componentes de las iglesias armenias en todo el mundo.

Ciertamente en las lápidas más elaboradas se emplean jachkares, tanto en Armenia y la diáspora. Un buen ejemplo de cementerio de jachkares se encuentra en el pueblo de Noraduz, cerca del Lago Seván, donde, desde el siglo IX, con variados estilos, cientos de jachkares-lápidas se erigen, plenos de historia.  La leyenda cuenta que cuando Leng Timur vino a atacar Armenia, desde lejos, divisó todos estos jachkares (se contaban unos mil), vestidos con ropas militares, con el general a la cabeza, y huyó aterrorizado. El príncipe Kegham, habiendo siendo advertido de la llegada de los enemigos, y no contando con un número de tropas adecuado para hacerles frente, recurrió a ese ardid.

Otro famoso cementerio, con cientos de bellísimos y trabajados jachkares exisitó en Julfá (Jougha), en las proximidades del río Arax, en Najicheván, (actualmente  enclave azerbayano). La construcción de las vías férreas se deshicieron de una parte de estos jachkar durante la época del Imperio Ruso; el área quedó inactiva durante la era soviética. El proceso de su destrucción comenzó en 1990, y acabó en diciembre de 2005, cuando los militares azeríes destruyeron a mazazos cada uno de los miles de jachkar, y volcaron todas las piedras al río. Se volvió claro que las autoridades azeríes habían recomenzado furiosamente a destruir la herencia cultural armenia, para no dejar rastros de los verdaderos dueños de las tierras. Aunque el grito internacional se hizo escuchar, ya las invaluables obras del siglo XIII -más de dos mil en aquel momento- habían sido destruidas, para siempre.

En 2010 en la plaza de la iglesia Amenaprkich Ամենափրկիչ, de Gyumrí, se creó una “arboleda” con más de 20 jachkar “Խաչքարերի պուրակ”. Son los exactos duplicados de los jachkar de Julfá.

 

 

 

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