El espíritu de Sardarapat

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Las celebraciones del 28 de mayo contienen el gran mensaje que significa la primera evidencia del despertar y la victoria del espíritu de resistencia tras el martirio de todo un pueblo.

Incluso a través de nuestro martirio debíamos vencer y perpetuar nuestra existencia, porque siendo fieles al cristianismo, debíamos vencer al mal haciendo nuestro aporte cristiano, aún a costa de nuestro propio sacrificio personal.

El 28 de mayo confirmó este hecho, por lo que, desde el punto de vista de semejante propuesta, los factores objetivos que nos rodeaban en mayo de 1918, no tenían absolutamente ninguna significación. Todos sus estándares estaban contra nosotros: cantidad, calidad de armamento, nivel de organización, habilidad, etc.

Sin embargo vencimos, porque no contábamos con otros medios para asegurar nuestra continuidad; Armenia occidental había sido vaciada de armenios y la mayoría de los emigrados que se habían refugiado en la pequeña porción de territorio de Armenia Oriental no tenían siquiera dónde escapar.

El 28 de mayo nos demostró que nuestro enemigo, con su espíritu y sus creencias, cede ante nosotros, y que ni siquiera la propaganda pan-turquista ha cambiado esa realidad. El testimonio de esto fue la derrota en la Batalla de Sardarapat de una de las divisiones que participó en la operación de los Dardanelos, actualmente convertida en la bandera de la propaganda estatal de Turquía.

Desde la cima de la realidad actual, es muy interesante que el comportamiento de nuestro adversario en el momento del retiro después de Sardarapat. Los contemporáneos atestiguan que los soldados de la división dardaneliana de las fuerzas turcas que se retiraron durante las horas de la noche, confesaron reiteradamente que eran del frente occidental y que sus manos no estuvieron ensangrentadas con la sangre de niños y mujeres armenios.

Esta fue la confesión de los turcos triunfantes en Dardanelos, movidos por sus sentimientos vengativos contra los armenios, de que sus connacionales que lucharon en el frente del Cáucaso no eran soldados, sino simplemente asesinos desesperados que no eran dignos de perdón en el caso de una derrota.

Las celebraciones del 28 de mayo también son importantes en el sentido de que, en la actualidad, hemos alcanzado el punto decisivo de defender nuestras victorias, iniciadas en Sardarapat y continuadas en la Guerra de liberación de Artsaj.

Nuestra joven generación, que se encuentra en las posiciones de combate en su condición de herederos de los héroes de Sardarapat, debe caer claramente en la cuenta de se encuentran de pie frente a los nietos y bisnietos de las antiguas hordas de tártaros.

A fin de lograr victorias aún mayores que las de mayo de 1918, nuestra tarea principal está en exteriorizar nuestra solidez espiritual, la fe y nuestra firme voluntad. En cada guerra, especialmente en el caso de enfrentamientos de adversarios que no difieren mucho entre sí en experiencia y armamento, estos factores siempre determinan el resultado de las batallas.

Somos los herederos de aquellos vencedores en las desiguales luchas de 1918, con cuya rica tradición militar legada a nosotros, nuestro actual oponente apostado en las fronteras de Armenia y Nagorno-Karabaj, no tiene comparación posible. Somos la renovada encarnación de aquella magnífica cultura milenaria y la encendida personalidad del armenio reafirmada a través de esta, por lo que el actual aniversario de las heroicas batallas de mayo debe inspirar a los nuevos soldados y oficiales a vencer nuevamente al enemigo, si es necesario.

Si nuestros antepasados, ​​a duras penas sobrevivientes de la Gran Tragedia, pudieron enfrentarse al ejército regular de todo un imperio obligándolo a huir, nuestros soldados y oficiales entrenados en el ejército armenio de más de dos décadas de existencia tienen todas las posibilidades no sólo de repetir, sino también de multiplicar las victorias de sus antepasados.

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