Turquía sólo puede enorgullecerse de sus crímenes

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MKHITAR NAZARYAN

 

Congratulándose por el centenario de la creación del Estado libanés, el presidente Michel Naim Aoun, recordó la amargura y el sufrimiento que habían vivido como consecuencia de sus intentos de deshacerse del yugo otomano.

"Particularmente durante la Primera Guerra Mundial, el terror estatal infligido a los libaneses por los otomanos provocó cientos de miles de bajas, incluyendo hambre y penosos trabajos forzados", dijo Naim Aoun, subrayando que ante el Líbano se abrió una nueva era tras la derrota otomana y la influencia francesa.

 

El resultado fue el revuelo creado en la elite gobernante turca. Esto quedó evidenciado a través de las  tres respuestas de Turquía en el lapso de 24 horas; primero la de Erdoğan, luego, la del Ministerio de Relaciones Exteriores y, finalmente, la dada a nivel del portavoz gubernamental. Es posible, que ese número pueda seguir creciendo. Esta es una señal concreta de que el imperio Otomano, aunque fue borrado de los mapas como extensión geográfica, se sigue manteniendo en la forma de un complejo psicológico en la esencia del Estado turco. Cabe señalar la medida de la histeria aguda con que Turquía toma en general los comentarios sobre el imperio Otomano, si estos no son elogiosos. En consecuencia, si queremos completar las palabras del presidente libanés en alusión al terror de Estado, también debe agregarse el complejo psicológico, que se manifiesta en forma tan evidente.

 

El Ministerio de Relaciones Exteriores de Turquía replicó de esta forma al presidente libanés: "La República de Turquía es propietaria de la herencia otomana, y sólo siente orgullo por ello". Imprimiendo aún más cinismo, continuó: “La etapa de dominio otomano en Medio Oriente fue un largo período de estabilidad. Fue una etapa durante la cual sociedades que profesaban diferentes religiones y hablaban diferentes idiomas vivieron juntas en paz y tolerancia”.

 

Aquí es imposible no recordar el episodio "Vamos vardapet, no enloquezcas". Del texto anterior de la Cancillería turca puede llegarse a creer que el imperio Otomano fue un país paradisíaco, donde no se derramó sangre de los pueblos, no se profanaron las religiones, no se aniquilaron culturas, donde no se secuestraron niños de las familias cristianas y no se los convirtió en jenízaros. Sin embargo, ocurrió totalmente lo contrario. Y Turquía está tratando de dorar su propio pasado con color y olor a sangre, con escandalosa desvergüenza. Y esto debe ser condenado. Y no sólo por parte del Líbano. Hay que señalar que Turquía, orgullosa de su pasado otomano, está realmente orgullosa de haber perpetrado el primer genocidio del siglo XX, ya que el Genocidio Armenio tuvo lugar precisamente en tiempos del Estado otomano, glorificado por Turquía.

 

El pensamiento de la élite estatal de la Turquía moderna se halla en un estado deplorable. El período otomano, conocido por las masacres y persecuciones de los pueblos, lo consideran "de paz y tolerancia", mientras consideran un orgullo el vergonzoso legado del Estado que perpetró el mayor crimen contra la humanidad.

Resulta extremadamente peligroso para la región que gente de esa calaña esté al frente del Estado.

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